Coco, la elefanta traviesa


Coco era una elefantita muy inquieta. Se divertía mucho y corría por todos lados en el campo. Cuando jugaba, todos los insectos temían por sus vidas, pues creían que podían pisarlos. Los gusanos, las arañas, las hormigas, todos se ocultaban de la traviesa Coco. Sin embargo, ocurría algo curioso, a pesar de ser una elefanta le tenía miedo a un insecto en particular: a las hormigas. Cuando era bebé había sufrido el piquete de una de ellas al pisar por error un hormiguero.

Un día se le ocurrió jugar a “las traes” con sus amiguitos los elefantes, que aunque eran pequeños, ante los ojos de los insectos parecían enormes. Todos los paquidermos corrieron haciendo que los insectos huyeran despavoridos para salvar sus vidas. En su huida y sin darse cuenta, Coco se acercó a una fila enorme de hormigas que caminaba rumbo a su hormiguero cargando su alimento; por ir jugando y viendo hacia atrás para que no lo alcanzara su amigo, no se fijó que se aproximaba justo hacia ellas. Despavoridas, las hormigas corrieron de un lado a otro para no ser pisadas, pero al alborotarse la tierra que había levantado la elefanta, vieron que la entrada a su hormiguero había sido destruida con las patas del animal y se encontraba bloqueada; ya no podían entrar.

Cuando se dio cuenta la elefanta, lo primero que hizo fue reír al ver a las hormigas desubicadas, pues se le hizo muy graciosos verlas caminar desorientadas y sin sentido, intentando huir de él. Se dijo: “Por fin vencí a las hormigas. Soy más fuerte que ellas”.

Empezó a burlarse con tanto entusiasmo, que no se había percatado que una pequeña hormiguita lo veía con detenimiento y sorpresa, era una hormiga muy pequeña, quien con todas sus fuerzas la llamó enojada: “¡Eh, tú, no sabes lo que acabas de hacer, ¿verdad? Destruiste mi casa!” De pronto, comenzó a llorar con tal tristeza que llamó la atención de la elefanta. “¡Mi casa, mi casa!”, decía el pequeño insecto; “destruyeron mi casa”. La elefanta lo miró y se dio cuenta que lloraba con mucha pena y dolor, tanto que al cabo de un momento, empezó a llorar junto al insecto por la desgracia que le había ocasionado. “Discúlpame, no era mi intensión”, le dijo conmovida. “¿Qué puedo hacer para reparar el daño?”. La hormiguita le contestó: “Tan sólo quiero entrar a mi casa, pero destruiste la entrada”.

Decidida, Coco paró su trompa y con todas sus fuerzas, sopló justo donde eran el hoyo que daba al hormiguero. “¡Háganse a un lado!”, les dijo. De inmediato el hoyo quedó descubierto y todas las hormigas pudieron entrar. Al final la hormiguita, agradecida, le dijo a la pequeña elefanta: “Muchas gracias, me acabas de devolver lo que me habías quitado”. Coco comprendió entonces lo importante que era para las hormigas ese hoyo tan insignificante a su vista. “Te pido perdón con todo mi corazón, y aunque no fue mi intensión destruir tu casa, lo hice y me burlé de eso. Ahora entiendo lo grave que hice, perdónenme. Jamás volveré a hacerlo”.

La hormiguita feliz por su reacción le sonrió, le cerró el ojo, y feliz entró a su casa.


Moraleja: Pedir perdón es reconocer tus errores y hacer evidente tu arrepentimiento. Perdonar es entender que alguien puede equivocarse y que puede tener una nueva oportunidad.