El arca, un arca para todos


Estaba la jirafa jugando a alcanzar las pelotas atoradas en los árboles. También el rinoceronte se divertía golpeando con su cuerno otro balón. El elefante, por su parte, prefería descansar posando su cabeza sobre su propia pelota. Todos parecían estar juntos, pero realmente todos hacían lo que querían. Así era cada día en la selva.

Al día siguiente pasó algo curioso, al correr la cebra tropezó con la trompa del elefante, quien se encontraba como siempre, reposando sobre el suelo fresco debajo de una sombra después de su juego solitario. La cebra se volvió para ver si el animal se disculpaba, pero nunca pasó nada.

Parecía como si nadie se conociera, pasaban las horas y cada animar hacía su vida indiferente de la del otro. El oso se rascaba, el ave anidaba, el conejo olfateaba, cada quien hacía su deber, sin deberle nada a nadie.

Un día, el conejo se dio cuenta que un intenso olor proveía de un lugar más lejano, tanto que tenía que cruzar un puente curioso debajo del cual pasaba un río caudaloso. No le importó y al llegar al otro lado, reconoció que eran jugosas zanahorias pintadas por la naturaleza de asombroso color naranja. Ahí se quedó, disfrutando de su manjar.

El castor al ver el puente no tardó en hacer de las suyas; la madera lo atrajo y al morderla trozó sin querer las desgastadas cuerdas que sostenían ese puente que en sus ayeres parecía sólido. Cayó y el conejo, que ya había cruzado, ahora se encontró realmente solo del otro lado de la selva. Ahí se quedó por muchos días, comiendo de sus ricas zanahorias, pero en plena soledad. Y aunque ya estaba acostumbrado a ella, empezó a sentir que necesitaba del ruido de los árboles cuando la jirafa jugueteaba, del estruendo del suelo al caminar el elefante, de los tropiezos de la cebra despistada, del bostezo del león y hasta del canto de las aves sobre su madriguera.

Por su parte, sus compañeros también lo echaban de menos, extrañaban el sonido emitido por su nariz al olfatear con intensidad cada cosa que cruzaba su camino. Ya nada era igual, aunque parecía igual.

Lo veían a lo lejos, solo, con ojos implorando compañía. Entonces, llegó la acción. Ese conejo tenía que regresar a casa. Pronto, entre todos, y con la dirección de los castores de la zona, armaron un arca que navegaría por el río que los separaba de su amigo. La labor duró muchos días, no pararon ni a sol ni a sombra; la meta estaba puesta. Nunca antes había hecho algo realmente juntos, pero el motivo era más fuerte que la indiferencia que los había caracterizado por tanto tiempo, al grado de llegar a la monotonía.

El arca estaba terminada, no había un capitán, todos sabían a quién querían; el objetivo era el mismo. Las provisiones también estaban puestas. Sabían que debían confiar en la corriente. Así pasaron un día, una noche, un día, una noche…varios días, varias noches. Por fin su destino tocaba la nave. El conejo se subió. Juntos regresaron. En la nave se oían risas, pláticas, confidencias, juegos.

A partir de ahí, el conejo, la cebra, la jirafa y todos los demás, jugaron con un mismo balón y en el mismo lugar.


Moraleja: Pedir ayuda del otro es asumir que juntos podemos más. Trabajar en equipo trae satisfacciones, compañerismo y mejores resultados.