Paco, el zorillo


Estaba solo en la famosa cabaña abandonada, jugando a que era un valiente espía para descifrar por qué nadie iba a ese lugar deshabitado. Cada noche, cuando no había ningún intruso alrededor, Paco llegaba a esa casa sola y fría para descubrir tal enigma; de ella siempre salía un olor particular, no sabía si agradable o no, sólo sabía que era… diferente. Él era un zorrillo intrépido y muy valiente; a nada le temía, era muy inquieto, pero muy solitario y con pocos amigos.

Los otros animales no se atrevían a entrar aunque fuera de día: el avestruz siempre escondía la cabeza donde podía cada que miraba la casa por fuera; el mapache aunque entraba, de inmediato salía despavorido. El león rugía, pero no aguantaba mucho tiempo adentro. Nadie lo lograba y Paco no se explicaba por qué, pero tampoco les preguntaba, era mejor descubrirlo por él mismo. Así el juego era más interesante.

Paco tenía la sospecha de que en esa casa tal vez había un fantasma resguardando un valioso tesoro. Otras veces intuía que dentro había quizás alguien extraño habitando, pero que por alguna razón extraña nunca salía al exterior. Esa noche tenía que descubrirlo. Una vez más Paco entró a la cabaña. Estaba más fría que nunca y mantenía el mismo olor de siempre. Primero entró a la sala, todos los muebles estaban tapados con sábanas percudidas por el polvo. Luego subió a las recámaras, eran tres y cada una tenía una cama individual con cabeceras de fierro viejo y oxidado. El color de los tapetes ya no se apreciaba y la madera del piso rechinaba en cada paso sigiloso. Todo era muy viejo y estaba deteriorado.

Luego bajó nuevamente y entró a la cocina. El olor se acentuó, sabía que estaba cerca de descubrir el enigma. Estaba debajo de la mesa, ¡lo sabía! Entonces se agachó sin miedo, pero con cautela. No era comida, no era polvo…. Era, era… ¡una zorrillo! Paco nunca había visto nada más hermoso en su vida, ¡era divina! Pronto la invitó a salir de su escondite y supo que ese olor que para muchos era insoportable, para él era de lo más familiar y agradable. Por eso se escondía ahí, pues rechazaban su aroma y huían de ella sin siquiera conocerla; a diferencia de Paco, que la aceptó tal cual era.

La zorrillo también se enamoró de él y por fin se sintió aceptada y querida. Con el tiempo, la cabaña que en un principio lucía fría y tenebrosa, se había convertido en un hogar cálido y acogedor, ideal para un par de zorrillos que habían conocido el amor.


Moraleja:El amor es aceptar al otro con todas sus cualidades y defectos.