Portada edición 36 La Moraleja

Tasha, la colibrí

Valor humano: Esperanza

Tasha estaba volando de nuevo sobre la misma flor, su rutina no cambiaba, parecía que no sabía hacer otra cosa o que le agradaba mucho plantarse sobre esa flor cada día.

Tenía pocos amigos, pues la mayoría del tiempo se la pasaba contemplando esa peculiar flor. La planta era hermosa, de colores brillantes y con un aroma penetrante. Seguramente por eso Tasha no se separaba de ella, quizás le traía paz olerla además de alimentarse de ella.

Volaba al frente, hacía atrás, a gran velocidad, dejando en el aire la silueta de sus alas recién tocadas por la brisa.

Tasha parecía triste, no volaba con ímpetu o con esperanza, volaba con desesperación, con agonía y enojo al mismo tiempo. Y cuando se acercaba alguien a ella para acompañarla en su soledad, se negaba a compartir sus emociones. Volaba sola, vivía sola.

De repente llegó Dana, otra colibrí que desde tiempo atrás la observaba. Sabía de su tristeza pero no quería preguntarle hasta que ella misma abriera su corazón y confiara. Así decidió posarse al lado de ella cada vez que se paraba sobre la flor hermosa de siempre. La miraba de reojo, y veía cómo de repente una lágrima brotaba solitaria por su cara. Dana no hablaba, solo se acercaba más a ella sin interrumpir ni acosar. Sabía que la prudencia la ayudaría a que poco a poco Tasha abriera su corazón.

Así pasaron los días, dos colibrís posadas sobre la misma flor, sin hablar, sólo esperando el momento de sentir que la soledad no pesaba tanto si se hacían compañía. Hasta que un día, Tasha, preparada para compartir, volteó a ver por primera vez de frente a su fiel compañera de todos los días. Dana la miró con ternura dejando que su sinceridad se reflejara a través de sus ojos honestos. Y sintiéndose acompañada Tasha por fin expresó: “Extraño a mi mamá, ella ya no está conmigo y amaba a esta flor. Me recuerda a ella”. Dana sólo se acercó más y con una de sus alas abrazó a la pequeña colibrí.

Tasha ya no estaba sola, tenía una nueva amiga que siempre la acompañaría. Aprendió que la vida aunque tiene momentos de gran tristeza, estos mismos son lo que ponen a prueba la empatía y solidaridad de quienes nos rodean y que puede llegar la calma. Tasha comprendió que siempre habrá esperanza para vivir tiempos mejores después de la tempestad.

Moraleja: Siempre habrá esperanza.

Por: Leticia Cárdenas Vera